8 de marzo de 2017

"Muerde ese fruto", de Aharon Quincoces

Muerde ese fruto Aharon Quincoces
FICHA TÉCNICA:
Género: Narrativa
Editorial: Tolstoievski

SINOPSIS: 
Andrés vive en Ciudad, una urbe sin nombre en la que, cada día, un goteo incesante de suicidas deciden acabar con su vida. Andrés es redactor en el dominical del periódico: su especialidad es, pues, la frivolidad y la cultura de bajura. Andrés es un soltero que no está dispuesto a cambiar sus rutinas por una rutina en pareja.
Andrés no escribe sobre los suicidas. Esta semana el tema es: qué fue de tus compañeros de colegio. Andrés es un hombre de costumbres. Así que empieza a bucear en su propio pasado para cumplir el encargo. Amigos, mujeres que perdió, vuelven a su vida. Y el dichoso artículo que no se escribe. Y las noches en bares con isótopos radioactivos. Y los suicidas que no dejan de caer desde las azoteas.
Esta es la historia de Andrés.
"Muerde ese fruto" es el brillante debut narrativo de Aharon Quincoces, quien traza, con un estilo sorprendente en el que la física y el castellano antiguo y postmoderno se dan la mano, un retrato de una ciudad cualquiera: una distopía que es todas las ciudades del mundo; que somos todos nosotros. 

OPINIÓN:
Estamos ante una novela con marcado carácter distópico, aunque no me atrevo a colgarle definitivamente la etiqueta. A favor de la misma (de la etiqueta, digo), tenemos que no hay (y si las hay son anecdóticas, pues ni me he enterado) referencias geográficas ni temporales, recibiendo el escenario el universal y atemporal nombre de ‘Ciudad’. Además nos encontramos con una más que palpable carencia de valores (que bien puede ser producto directo de la sociedad actual) y cierto ambiente futurista, aunque no demasiado alejado de nuestro presente. Sin embargo, también son muchos los elementos de la historia que podemos apreciar en nuestro día a día. Punto a favor, pues, para el autor por moverse en un curioso limbo de creación propia.
En lo concerniente a la historia, ésta juega con el, de un tiempo a esta parte, recurrente tema de la mirada atrás y la reunión de ex-alumnos, aunque sin la edulcorada (y algo cansina ya) nostalgia de los ochenta. De hecho me da la sensación de que el tiempo pretérito del que derivan los personajes de esta novela podrían ser perfectamente los noventa o la primera década del siglo XXI (ya digo que hay cierto ambiente futurista, pero no demasiado alejado de nuestros días).
Su protagonista es un ser algo gris y solitario. No acentúa ni insiste el autor en esos rasgos, evitando así caer en el lugar común y en contarnos otra vez la misma historia en boca del mismo personaje. Y es que hay que admitir que estamos ante una obra distinta (nuevo punto a favor). El autor refleja esa soledad y hastío del personaje con oficio de narrador, mostrando los días en forma de bucle, jugando con la luz que cada mañana atraviesa el cristal del dormitorio y asciende por la cama, y con el recurrente recuerdo de sus ex-parejas. Del mismo modo el autor muestra el desencanto del personaje con su trabajo (el periodismo) que, como otros tantos, ha derivado de oficio a negocio (vender noticias) de manera indirecta, desviándolo de su objetivo (un tópico artículo ‘qué fue de…’) para centrar su atención en las posibles causas de un reciente suicidio colectivo. Nos remite de este modo al mejor Steinbeck, que jamás decía que un personaje ‘estaba triste’, sino que ‘vaciaba su mirada en el reflejo de la luna en un charco’.
En cuanto al resto de personajes, al margen del paródico reparto del bar ‘Córcholis’ (un pequeño y muy bien traído contrapunto humorístico), nos encontramos con ciudadanos en busca de drogas, sexo ocasional y experiencias al límite, un sistema sanitario sin escrúpulos con algún activista que trata de ser fiel a sus principios trabajando al margen, los ya mencionados medios de comunicación con más sentido del espectáculo que rigor informativo y la colonia de seres marginales que no puede faltar en ambientes distópicos y que aquí son llamados ‘los escondidos’.
A los puntos a favor que se han comentado hay que añadir la prosa fluida y cuidada que el autor nos brinda en un momento donde este aspecto anda bastante descuidado y los autores se centran mucho más en el fondo que en la forma, dando lugar a obras de interesante contenido pero construidas a fuerza de repetir ‘jodido cabrón’ en todas las páginas. También hay que aplaudir los diálogos, de mucho peso en la obra y determinantes en la presentación de los personajes.
El único pero que puedo ponerle es que quizá me hubiera gustado un final algo más contundente. No obstante, en todo momento queda patente la intención del autor de romper esquemas y ofrecer algo distinto, y ese no-desenlace en el que la acción se diluye poco a poco hasta el punto final contribuye al carácter transgresor (intuyo que el autor considera que un sorprendente giro final podría haber sido demasiado fácil, esperado) de una obra que recomiendo sin duda
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